Las rabietas infantiles son uno de los momentos que más dudas pueden generar en madres, padres y cuidadores. Llanto intenso, gritos, enfado, oposición o dificultad para recuperar la calma pueden hacer que una situación cotidiana termine convirtiéndose en un momento complicado para toda la familia. Sin embargo, una rabieta no siempre significa que exista un …
Las rabietas infantiles son uno de los momentos que más dudas pueden generar en madres, padres y cuidadores. Llanto intenso, gritos, enfado, oposición o dificultad para recuperar la calma pueden hacer que una situación cotidiana termine convirtiéndose en un momento complicado para toda la familia.
Sin embargo, una rabieta no siempre significa que exista un problema de conducta. En muchas ocasiones es una forma de expresar emociones que el niño o la niña todavía no sabe identificar, comunicar o gestionar adecuadamente.
Aprender a mirar más allá de la conducta puede ayudarnos a comprender qué está ocurriendo y, sobre todo, a acompañar al niño en el desarrollo de una habilidad fundamental: la regulación emocional.
¿Por qué aparecen las rabietas en los niños?
Durante la infancia, los niños están aprendiendo constantemente a relacionarse con su entorno, expresar lo que necesitan, aceptar límites y enfrentarse a situaciones que no siempre ocurren como esperan.
Un niño puede saber perfectamente qué quiere y, al mismo tiempo, no disponer todavía de las herramientas necesarias para gestionar la frustración que aparece cuando no puede conseguirlo.
Según explica la Asociación Española de Pediatría en su información sobre las rabietas, estas reacciones están relacionadas, entre otros factores, con el propio proceso de desarrollo y maduración. Esto explica por qué son especialmente habituales durante los primeros años.
Detrás de una rabieta infantil pueden encontrarse situaciones muy diferentes: cansancio, hambre, frustración, cambios inesperados, dificultad para comunicar una necesidad, exceso de estimulación o simplemente la necesidad de afrontar un límite que todavía resulta difícil aceptar.
Por eso, antes de preguntarnos únicamente “¿cómo consigo que deje de hacer esto?”, puede resultar mucho más útil preguntarnos: “¿qué está intentando comunicar con esta conducta?”
Regular una emoción no significa evitarla
Uno de los errores más frecuentes cuando hablamos de educación emocional infantil es pensar que un niño que sabe gestionar sus emociones nunca debería enfadarse, llorar o frustrarse.
La realidad es muy diferente.
La regulación emocional en niños consiste en aprender progresivamente a reconocer una emoción, comprender qué está ocurriendo y desarrollar formas cada vez más adecuadas de expresarla y gestionarla.
El objetivo, por tanto, no es eliminar el enfado.
Un niño puede enfadarse porque tiene que abandonar el parque, porque otro niño ha cogido un juguete que quería o porque no puede seguir viendo sus dibujos favoritos. El enfado es válido. Lo que irá aprendiendo con nuestra ayuda es qué puede hacer cuando aparece ese enfado.
Este aprendizaje necesita tiempo, práctica y acompañamiento.
¿Qué podemos hacer durante una rabieta?
Cuando el niño ya está completamente desbordado, intentar explicarle muchas cosas, negociar durante varios minutos o exigirle que razone puede no resultar efectivo.
En ese momento, nuestra prioridad debe ser ayudarle a recuperar progresivamente la calma.
1. Regular primero nuestra propia respuesta
Ante gritos, llanto o conductas difíciles, es comprensible que el adulto también pueda sentir frustración.
Pero responder desde el enfado suele aumentar la intensidad de la situación.
Mantener un tono de voz tranquilo, reducir las explicaciones y actuar de manera previsible puede facilitar que el niño vaya recuperando la calma.
Nuestra propia forma de reaccionar también funciona como modelo de autorregulación emocional.
2. Poner palabras a lo que está ocurriendo
Cuando sea posible, podemos ayudar al niño a identificar la emoción:
“Veo que estás muy enfadado porque querías seguir jugando”.
“Entiendo que te haya molestado que tengamos que irnos”.
Nombrar la emoción no significa ceder ante aquello que está provocando la rabieta.
Podemos validar cómo se siente y mantener el límite al mismo tiempo:
“Sé que estás enfadado porque quieres seguir jugando, pero ahora tenemos que volver a casa”.
Esta combinación de comprensión y límites claros es especialmente importante.
3. Evitar explicaciones demasiado largas
En mitad de una rabieta no suele ser el mejor momento para ofrecer una explicación extensa sobre por qué determinada conducta no es adecuada.
Primero ayudamos a recuperar la calma.
Después podemos hablar sobre lo ocurrido y enseñar alternativas.
UNICEF también recomienda abordar los berrinches desde la calma y la conexión, aprovechando posteriormente la situación para ayudar a los niños a comprender lo que han sentido y encontrar otras formas de reaccionar.
Lo importante también ocurre después de la rabieta
Cuando el niño vuelve a estar tranquilo aparece una oportunidad especialmente valiosa de aprendizaje.
Podemos revisar juntos lo sucedido con preguntas sencillas adaptadas a su edad:
“¿Qué te hizo enfadarte?”
“¿Cómo te sentías?”
“¿Qué podríamos hacer la próxima vez?”
Poco a poco podemos enseñarle alternativas como pedir ayuda, expresar verbalmente lo que necesita, esperar, respirar, alejarse unos minutos de una situación o buscar una estrategia que le ayude a recuperar la calma.
El objetivo no es conseguir resultados perfectos de un día para otro.
La gestión emocional infantil es un proceso de aprendizaje y cada niño necesita un ritmo diferente.
¿Podemos prevenir algunas rabietas?
No podremos evitar todas las rabietas, ni ese debería ser necesariamente nuestro objetivo. Sin embargo, observar cuándo y por qué aparecen puede proporcionarnos mucha información.
Si las situaciones difíciles aparecen siempre antes de cenar, al apagar una pantalla, cuando llega el momento de vestirse o al abandonar determinados lugares, podemos comenzar a anticiparnos.
Avisar de los cambios con tiempo, establecer rutinas, ofrecer alternativas limitadas o adaptar determinadas situaciones puede reducir algunos conflictos.
Por ejemplo:
“Dentro de cinco minutos nos vamos del parque. Puedes elegir si quieres tirarte una última vez por el tobogán o ir a los columpios”.
Estamos manteniendo el límite —nos vamos— pero permitiendo que el niño participe dentro de unas opciones previamente establecidas.
Comprender la función de una conducta y aprender a responder de forma adaptada es precisamente una de las áreas que pueden trabajarse mediante el apoyo psicológico infantil y los programas para problemas de conducta.
¿Cuándo debemos prestar más atención a las rabietas?
Cada niño es diferente y no existe una única frecuencia o intensidad que determine por sí sola que existe un problema.
Sin embargo, conviene observar la situación con mayor profundidad cuando las rabietas son muy frecuentes o intensas, afectan significativamente a la vida familiar o escolar, generan conductas que pueden poner en riesgo al propio niño o a otras personas, o cuando la familia siente que no dispone de herramientas para manejarlas.
También puede ser necesario valorar si existen otras dificultades relacionadas con la comunicación, la adaptación, la atención, la impulsividad o el bienestar emocional.
Por ejemplo, algunos niños con TDAH pueden presentar dificultades relacionadas con la impulsividad, la espera o la gestión de la frustración. En estos casos es importante comprender las necesidades concretas del niño y adaptar las estrategias. Puedes consultar más información sobre la intervención en TDAH.
Buscar orientación no significa necesariamente que exista un trastorno. En ocasiones, unas pautas adaptadas a la situación familiar pueden ayudar a comprender mejor qué está ocurriendo y saber cómo actuar.
La familia también forma parte del proceso
Trabajar el bienestar infantil no consiste únicamente en intervenir con el niño.
Las personas adultas que le acompañan cada día tienen un papel fundamental para que las habilidades aprendidas puedan mantenerse en casa, en el colegio y en otros entornos.
Por ello, la orientación a familias permite comprender mejor determinadas conductas y adquirir estrategias que puedan utilizarse en situaciones reales.
En Marta Palacios este acompañamiento forma parte de la manera de trabajar con niños y familias. Además de la intervención individual, existe un programa específico de formación y Escuela para Familias donde se trabajan herramientas prácticas relacionadas con la conducta, la autonomía, la comunicación y otros retos cotidianos.
Comprender la conducta para poder acompañar
Detrás de muchas conductas infantiles difíciles existe una necesidad, una emoción o una habilidad que todavía está desarrollándose.
Cambiar nuestra mirada no implica dejar de establecer límites. Significa intentar comprender primero qué está ocurriendo para poder enseñar después una alternativa más adecuada.
Cada rabieta puede convertirse poco a poco en una oportunidad para desarrollar regulación emocional, comunicación, tolerancia a la frustración y autonomía.
Y cuando sentimos que las situaciones se repiten, se intensifican o empiezan a afectar al bienestar del niño y de la familia, contar con orientación profesional puede ayudarnos a encontrar estrategias adaptadas a cada caso.
Si necesitas ayuda para comprender determinadas conductas o dificultades emocionales de tu hijo o hija, puedes conocer los diferentes servicios de psicología infantil y apoyo conductual o contactar con Marta Palacios para recibir una primera orientación.


