Problemas de conducta en niños: ¿por qué ocurren y cómo podemos comprenderlos?

Cuando un niño grita, golpea, se tira al suelo, se hace daño o lanza objetos, es habitual que los adultos nos preguntemos:«¿Por qué hace eso?» A veces pensamos que lo hace porque está enfadado, porque quiere salirse con la suya, porque no sabe comportarse o porque necesita aprender que esa conducta no es adecuada. Sin …

Rabietas infantiles: cómo acompañarlas y ayudar a los niños a regular sus emociones

Cuando un niño grita, golpea, se tira al suelo, se hace daño o lanza objetos, es habitual que los adultos nos preguntemos:
«¿Por qué hace eso?»

A veces pensamos que lo hace porque está enfadado, porque quiere salirse con la suya, porque no sabe comportarse o porque necesita aprender que esa conducta no es adecuada.

Sin embargo, existe otra pregunta que puede cambiar nuestra forma de comprender lo que está ocurriendo:

¿Para qué le está sirviendo esa conducta?

Esta es una de las preguntas fundamentales del análisis funcional de la conducta.

Diferentes formas de observar una conducta

Cuando aparece una conducta que nos preocupa, podemos estudiarla desde distintos puntos de vista.

Podemos comenzar describiendo cómo es la conducta, es decir, la forma que adopta:

  • Gritar.
  • Llorar.
  • Golpear.
  • Morder.
  • Tirar objetos.
  • Hacerse daño.
  • Salir corriendo.
  • Repetir determinados movimientos.

También podemos observar cuánto dura, con qué frecuencia ocurre o cuál es su intensidad.

Toda esta información es importante. No es lo mismo que un niño proteste durante unos segundos a que se golpee con fuerza durante varios minutos. Describir claramente la conducta nos ayuda a saber exactamente qué está sucediendo y a comprobar posteriormente si la intervención está produciendo algún cambio.

Pero… conocer la forma de una conducta no siempre nos explica por qué continúa ocurriendo.

¿Qué ocurre en el cuerpo?

También podemos preguntarnos qué está ocurriendo a nivel fisiológico.

El cansancio, el hambre, el dolor, una enfermedad, las dificultades para dormir o determinados efectos de la medicación pueden influir en el comportamiento de una persona.

Por eso, no debemos interpretar todas las conductas como un problema de aprendizaje ni asumir automáticamente que tienen una causa exclusivamente conductual. Cuando existe la posibilidad de que haya dolor, malestar o un problema de salud, es importante realizar las consultas médicas correspondientes.

Del mismo modo, podemos estudiar el papel de los estímulos sensoriales. Algunos sonidos, luces, texturas, movimientos o sensaciones corporales pueden resultar agradables, molestos o incluso difíciles de tolerar.

Todos estos son puntos de vista necesarios y pueden aportar información relevante. El análisis funcional no tiene por qué excluirlos. Lo que hace es añadir otra pregunta:

¿Qué cambia para la persona cuando ocurre esa conducta?

No solo importa cómo es, sino para qué sirve

Imaginemos que un niño grita.

Podemos describir perfectamente el grito: cuándo comienza, cuánto dura, cuál es su intensidad o cuántas veces ocurre a lo largo del día.

Sin embargo, todavía nos faltaría una parte importante de la información:

¿Qué suele ocurrir antes y después de que grite?

Podría ocurrir que, después de gritar:

  • Reciba un objeto o una actividad que quería.
  • Una tarea difícil se detenga o se retrase.
  • Un adulto se acerque, le hable o intente tranquilizarlo.
  • Consiga abandonar un lugar que le resulta desagradable.
  • La propia conducta produzca una sensación que le resulta reforzante.

Esto no significa necesariamente que el niño haya pensado de manera consciente: «Voy a gritar para conseguir esto». Hablar de la función de una conducta no es acusar a la persona de manipular a los demás.

Significa observar que, a lo largo del tiempo, determinadas consecuencias pueden hacer que una conducta tenga más probabilidades de repetirse en situaciones parecidas.

La misma conducta puede tener funciones diferentes

Dos niños pueden gritar exactamente de la misma manera y, sin embargo, hacerlo por motivos diferentes.

Por ejemplo, un niño puede gritar cuando un adulto comienza a atender a otra persona. Si habitualmente el adulto se acerca y le habla después del grito, esa conducta podría estar relacionada con conseguir atención.

Otro niño puede gritar cuando se le presenta una tarea difícil. Si después del grito la tarea se retira, se pospone o se reduce, la conducta podría estar sirviendo para escapar o evitar esa situación.

Un tercer niño puede gritar en momentos muy diferentes, incluso cuando está solo, porque el sonido o la sensación que produce la propia conducta le resulta estimulante.

La forma visible es la misma: gritar.

Pero la función podría ser diferente. Por eso, aplicar exactamente la misma respuesta en los tres casos probablemente no sería adecuado.

Conductas diferentes también pueden cumplir la misma función

También puede suceder lo contrario: dos conductas que parecen completamente distintas pueden estar produciendo un resultado parecido.

Ante una actividad difícil, un niño puede llorar. Otro puede tirar los materiales. Otro puede levantarse y salir corriendo. Otro puede comenzar a hablar de un tema que no está relacionado con la tarea. Inlcuso el mismo niño puede estar haciendo todas estas conductas habiendo una única función de escapar de la actividad dificil.

Aunque las conductas tengan formas diferentes, todas podrían estar ayudando a la persona a retrasar, evitar o escapar de esa actividad.

Por eso, no siempre resulta útil organizar los problemas únicamente en categorías como «rabietas», «agresiones» o «desobediencia». Para intervenir necesitamos conocer su forma, pero también intentar comprender las circunstancias en las que aparecen y los resultados que producen.

Qué ocurre antes, qué hace la persona y qué ocurre después

Una de las primeras formas de organizar esta información consiste en observar tres elementos:

Qué ocurre antes → qué hace la persona → qué ocurre después

En análisis de conducta hablamos de:

  • Antecedente: lo que sucede inmediatamente antes de la conducta.
  • Conducta: lo que la persona hace de forma observable.
  • Consecuencia: lo que ocurre inmediatamente después.

Imaginemos esta situación:

Un niño está jugando con la tableta. Su padre le indica que es el momento de guardarla. El niño grita y se tira al suelo. El padre le devuelve la tableta para que se calme.

Podríamos organizarlo así:

  • Antes: el padre retira la tableta.
  • Conducta: el niño grita y se tira al suelo.
  • Después: vuelve a tener acceso a la tableta.

Si este patrón se repite de forma consistente, devolver la tableta podría estar contribuyendo, sin que el adulto lo pretenda, a que la conducta continúe apareciendo en situaciones similares.

Pero un único episodio no es suficiente para llegar a una conclusión. Necesitamos observar si existe un patrón a lo largo del tiempo, en diferentes momentos y, cuando sea posible, con distintas personas.

Observar no significa sacar conclusiones precipitadas

El análisis funcional no consiste en presenciar una conducta una vez y decidir inmediatamente cuál es su función.

Tampoco consiste en asumir que todo lo que sucede después de una conducta es necesariamente la causa de que esta se mantenga.

Para comprenderla es necesario recoger información de manera sistemática. Dependiendo del caso, este proceso puede incluir:

  • Entrevistas con la familia y otros adultos relevantes.
  • Observación directa en los entornos en los que aparece la conducta.
  • Registros de antecedentes, conductas y consecuencias.
  • Análisis de los momentos en los que ocurre y también de aquellos en los que no ocurre.
  • Revisión de posibles variables médicas, sensoriales, comunicativas o ambientales.
  • Comparación de diferentes situaciones para comprobar qué variables parecen estar relacionadas con la conducta.

En algunos casos también pueden realizarse evaluaciones más específicas y controladas. La forma de evaluación debe elegirse teniendo en cuenta la seguridad, las características de la persona y la complejidad de la conducta.

El objetivo no es encontrar rápidamente una explicación, sino formular una hipótesis razonable y comprobar si los datos la apoyan.

¿Cuáles pueden ser las funciones de una conducta?

Aunque cada caso debe evaluarse individualmente, muchas conductas pueden estar relacionadas con uno o varios de estos resultados:

Conseguir algo

La conducta puede permitir acceder a un objeto, una comida, una actividad o cualquier otra cosa que la persona desea.

Evitar o escapar de algo

Puede servir para detener, retrasar o evitar una tarea, una situación, una persona, un lugar o un estímulo que resulta difícil o desagradable.

Conseguir atención o interacción

La conducta puede producir que otras personas se acerquen, hablen, miren, regañen, consuelen o interactúen de alguna manera.

Incluso una reacción que consideramos negativa puede funcionar como atención si aumenta la probabilidad de que la conducta vuelva a aparecer.

Obtener una determinada sensación

En algunos casos, la propia conducta produce una consecuencia sensorial o corporal que puede resultar reforzante, sin que sea necesaria la participación de otra persona.

Estas categorías pueden ayudarnos a organizar la información, pero la realidad no siempre encaja en una única casilla. Una conducta puede tener más de una función y esta puede cambiar según el momento, la situación o las personas presentes.

Comprender la función no significa permitir la conducta

Cuando explicamos que una conducta cumple una función, algunas familias pueden interpretar que se está justificando lo ocurrido.

Pero comprender no significa permitir.

Si un niño golpea, se hace daño o pone en riesgo a otras personas, será necesario intervenir. La diferencia es que conocer la posible función nos ayuda a elegir una intervención más ajustada y no simplemente una reacción basada en la apariencia de la conducta.

Por ejemplo, si un niño grita porque no sabe pedir ayuda ante una tarea difícil, la intervención no debería centrarse únicamente en conseguir que deje de gritar. Debería centrarse en enseñarle una forma de pedir ayuda, solicitar un descanso o comunicar que la actividad le resulta difícil.

Si la conducta aparece para conseguir atención, puede ser necesario enseñar una manera más adecuada de solicitarla y asegurarnos de que esa nueva forma de comunicación sea eficaz.

Si está relacionada con el acceso a una actividad, podríamos trabajar habilidades como pedir, esperar, aceptar que algo no está disponible o comprender cuándo podrá acceder de nuevo.

Y si existen variables sensoriales o médicas, la intervención deberá contemplarlas y coordinarse con los profesionales correspondientes.

No se trata solo de eliminar una conducta

Una intervención no debería limitarse a preguntar:

«¿Cómo hacemos para que deje de hacerlo?»

Debería plantear:

  • ¿Qué necesita comunicar?
  • ¿Qué habilidad le falta?
  • ¿Qué puede hacer en su lugar?
  • ¿Podemos modificar algo del entorno?
  • ¿La demanda es adecuada para sus capacidades actuales?
  • ¿La alternativa que estamos enseñando produce un resultado igual de útil?
  • ¿Sabe pedir ayuda, un descanso, atención o aquello que necesita?
  • ¿Estamos reforzando suficientemente las conductas que queremos que aprenda?

Si eliminamos una conducta sin enseñar una alternativa que cumpla la misma función, dejamos a la persona sin una herramienta que, aunque sea problemática, hasta ese momento le había resultado útil.

Por eso, una parte fundamental de la intervención consiste en enseñar una respuesta alternativa que sea más segura, adecuada y eficaz.

Cambiar la pregunta cambia la intervención

Cuando dejamos de preguntar únicamente «¿cómo consigo que pare?» y empezamos a preguntarnos «¿por qué está funcionando esta conducta para esta persona?», nuestra forma de intervenir cambia.

Pasamos de reaccionar solamente ante lo que vemos a intentar comprender el patrón completo.

Esto permite diseñar apoyos más individualizados, enseñar habilidades realmente útiles y reducir la probabilidad de aplicar estrategias generales que no responden a las necesidades de la persona.

Cada conducta ocurre dentro de un contexto. Tiene una historia y está relacionada con lo que sucede antes y después. Comprender esas relaciones no siempre es sencillo, pero es un paso fundamental para intervenir con rigor.

Antes de intentar cambiar una conducta, necesitamos comprenderla.

Y es precisamente ahí donde comienza la intervención.

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